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¿Cuál es la mejor selección de rugby?

Hablemos de igualdad de género. ¿Qué país tiene un rendimiento tan bueno tanto en el caso de las mujeres como en el de los hombres?

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¿Cuál es la mejor nación en rugby? La respuesta cambia cuando se tiene en cuenta a las mujeres

Si preguntas quién domina el rugby mundial, te responderán «Sudáfrica». De hecho, los Springboks ocupan el primer puesto de la clasificación masculina de World Rugby (93,94 puntos). Pero esa respuesta solo cuenta la mitad de la historia. En la categoría femenina, Sudáfrica solo ocupa el décimo puesto (72,89 puntos). Entonces, si cruzamos ambas clasificaciones, ¿cuál es realmente la mejor nación en rugby?

El veredicto: Nueva Zelanda

Al calcular la media de los puntos masculinos y femeninos, un país destaca por encima del resto: Nueva Zelanda. Segunda tanto en la categoría masculina (91,04) como en la femenina (91,60), es la única nación que supera los 91 puntos en ambas clasificaciones. Media combinada: 91,32. Ninguna otra nación muestra tal constancia.

Esta constancia no es en absoluto una casualidad estadística: es cultural. En un país de apenas algo más de 5 millones de habitantes, el rugby no es un deporte más, es la historia nacional. Allí se crece con el balón ovalado en la mano, desde la escuela primaria hasta los clubes de pueblo, y el haka —heredado de la cultura maorí— se transmite a los niños incluso antes que las reglas del juego. Y, sobre todo, este fervor nunca ha sido exclusivo de los hombres: las Black Ferns son aclamadas como iconos nacionales al mismo nivel que los All Blacks, mientras que otras naciones han tratado durante mucho tiempo a su selección femenina como algo secundario. Cuando todo un país considera el rugby como parte de su identidad más que como un espectáculo, la excelencia deja de tener género.

La clasificación combinada (media de ambas clasificaciones)

PuestoNaciónMujeresHombresMediaDiferencia (F − H)
1Nueva Zelanda91,6091,0491,32+0,56
2Inglaterra98,0983,9191,00+14,18
3Francia84,5986,7485,67−2,15
4Irlanda78,6989,3284,01−10,63
5Sudáfrica72,8993,9483,42−21,05

Inglaterra roza el primer puesto gracias a las Red Roses, indiscutibles número 1 del mundo con 98,09 puntos —la puntuación más alta de ambas clasificaciones juntas—. Pero la selección masculina de rugby, que solo ocupa el sexto puesto, lastra la media.

La última columna mide la diferencia de puntos entre la selección femenina y la masculina, y es un dato revelador. De las naciones presentes en ambos top 16, solo tres tienen un diferencial positivo: Inglaterra (+14,18), EE. UU. (+3,67) y Nueva Zelanda (+0,56). En el resto de casos, los hombres dominan, a veces de forma abrumadora: −21,05 para Sudáfrica, −15,14 para Fiyi, −11,45 para Gales y −10,63 para Irlanda.

Hay dos interpretaciones posibles. La diferencia extrema de Inglaterra (+14,18) refleja menos una debilidad masculina que una hegemonía femenina fuera de lo común: las Red Roses juegan en otra dimensión. Por el contrario, las grandes diferencias negativas (Sudáfrica, Fiyi, Gales) apuntan a federaciones en las que el rugby femenino sigue estando estructuralmente en un segundo plano. El valor casi nulo de Nueva Zelanda (+0,56) es el verdadero indicador de una cultura del rugby integral, sin jerarquías entre géneros.

Inglaterra, o la apuesta por la profesionalización

El dominio de las Red Roses no ha caído del cielo: es fruto de una decisión estratégica asumida por la federación inglesa (RFU). En 2019, Inglaterra se convirtió en la primera nación en ofrecer contratos profesionales a tiempo completo a sus internacionales de XV, mientras que la mayoría de sus rivales seguían siendo amateurs o semiprofesionales, obligadas a compaginar los entrenamientos con el trabajo. La RFU ha complementado esta apuesta con una liga nacional bien estructurada, la Premiership Women’s Rugby (antes Premier 15s), que sirve de cantera permanente para la selección.

El resultado se refleja en la clasificación: 98,09 puntos, una cifra estratosférica, y rachas de victorias que han arrollado a la competencia durante años. La diferencia de +14,18 no es, por tanto, una anomalía, sino el reflejo de una ventaja estructural: la brecha entre jugadoras a las que se les paga por entrenar y rivales que, a menudo, aún no lo estaban. Un modelo que Francia, Nueva Zelanda y otros países se han esforzado desde entonces por alcanzar.

Francia, el equilibrio sin llegar a la cima

Con un cuarto puesto tanto en la categoría femenina como en la masculina, Francia muestra una notable homogeneidad —tercera nación en la clasificación combinada—. Solo le falta una cosa: un título de número uno, en una de las dos categorías.

En la categoría femenina, este techo se explica, ante todo, por los recursos. Mientras que las Red Roses viven del rugby desde 2019, las Bleues han contado durante mucho tiempo únicamente con contratos federales a tiempo parcial: la mayoría de las jugadoras siguen compaginando la carrera deportiva con un trabajo o los estudios, con tiempos de entrenamiento inevitablemente reducidos frente a rivales profesionales a tiempo completo.

La liga nacional, la Élite 1, adolece además de un inconveniente muy francés: la geografía. La cantera histórica del rugby femenino sigue dispersa entre el gran suroeste, algunos bastiones del sureste y clubes aislados al norte del Loira. El resultado: desplazamientos interminables para unas jugadoras no profesionales que viajan los fines de semana a costa de su tiempo y energía, fichajes limitados por la imposibilidad de mudarse para jugar en un club que no paga un sueldo, y un nivel heterogéneo de una poule a otra. En estas condiciones, resulta difícil construir un campeonato tan competitivo como la Premiership Women's Rugby inglesa —y esa es precisamente la gran diferencia que separa el cuarto puesto mundial del primero.

Sudáfrica: el gigante que quiere volver a ponerse en pie

El diferencial de −21,05 de los Springboks es el más abultado del grupo, pero la federación sudafricana ha decidido abordarlo. En agosto de 2024, anunció la creación de una liga profesional, la Women's Super League Rugby, con el objetivo de fichar a 150 jugadoras para que puedan dedicarse exclusivamente al rugby —los gastos de desplazamiento de los equipos correrán a cargo de la federación—. Una decisión que no es nada baladí: solo dos países del mundo cuentan con una liga profesional femenina, Inglaterra y Nueva Zelanda. Y el mensaje que se desprende del palmarés es claro: salvo Estados Unidos en 1991, estas dos naciones han ganado todas las ediciones de la Copa del Mundo y se han enfrentado cinco veces en la final. La diferencia actual es abismal: la liga amateur sudafricana solo cuenta con ocho equipos, todas ellas secciones de clubes masculinos, y solo la franquicia de las Bulls Daisies, triple campeona en título, paga un sueldo a sus jugadoras.

Mientras tanto, las Springboks femeninas se inspiran en el modelo que ha convertido a los hombres en los reyes del mundo. El cuerpo técnico de Swys De Bruin reproduce las fórmulas masculinas, empezando por la creación de una amplia cantera de jugadoras, construida en torno a un núcleo experimentado que participó en el Mundial de 2022 en Nueva Zelanda. Entre ellas se encuentran la emblemática capitana Nolusindiso Booi, de 40 años y la jugadora con más partidos internacionales (50), y, sobre todo, Libbie Janse van Rensburg, la máxima goleadora de la selección. Tras iniciarse en el rugby con tan solo 16 años y estar a punto de abandonar tras una complicada gira en la modalidad de siete, la jugadora de las Bulls Daisies se ha convertido en el rostro de esta nueva generación de Bokkes, la que, a la larga, debe demostrar que la diferencia de nivel es solo una cuestión de tiempo.

Conclusión

La mejor nación del rugby no es ni la que levanta la copa en la categoría masculina, ni la que domina en la femenina: es aquella que nunca ha dejado de ser excelente en todos los ámbitos. Y en ese terreno, los All Blacks y las Black Ferns siguen sin rival. Su delta prácticamente nulo (+0,56) no es una coincidencia estadística: es el resultado de una cultura en la que el rugby es una identidad nacional que nunca se ha diferenciado por género.

Pero este panorama nos ofrece, sobre todo, una lección más amplia: la clasificación femenina actual es casi exactamente un reflejo de las inversiones realizadas en el pasado. Inglaterra fue la primera en pagar a sus jugadoras y ahora ocupa el primer puesto. Nueva Zelanda ha integrado a sus mujeres en su narrativa nacional y es la más constante. Francia, a medio camino de la profesionalización, se estanca a mitad de camino de la cima. Y Sudáfrica, que durante mucho tiempo no invirtió nada, ocupa el décimo puesto a pesar de tener la cultura del rugby más potente del hemisferio sur. Esta diferencia no es una fatalidad deportiva, sino un indicador presupuestario.

Eso es también lo que hace que la próxima década sea apasionante. Con la Women’s Super League sudafricana, el auge de los contratos federales franceses y la emulación generada por el dominio inglés, la profesionalización deja de ser la excepción para convertirse en la norma. El día en que todas las grandes naciones paguen a sus jugadoras lo mismo que a sus jugadores, la clasificación combinada ya no medirá los presupuestos, sino, por fin, el talento. Ese día, la pregunta «¿cuál es la mejor nación en el rugby?» tendrá una respuesta indiscutible. Mientras tanto, sigue siendo Nueva Zelanda.

Fuentes: clasificaciones de World Rugby femenino y masculino (puntos oficiales) a 8 de julio de 2026

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